Al principio, alevosía para con la naturaleza.
La noche fría te arropa, y el cuerpo baila al son del viento, que lo mece como una muñeca de trapo. Las flores se cierran hasta dormirse, cayendo en el sueño profundo de tus pasos sauves, descalzos sobre la hierba que sonríe al contacto con tu piel.
Más tarde, circunspección natural.
Tus pasos se vuelven pesados, tu cuerpo parece que se va convirtiendo en un frío metal inamovible, pero poco a poco. Aún el viento con fuerza te mueve, y tu sonrisa permanece estoicamente en tu rostro. Las flores dormidas no hacen gestos de verte, y la hierba cede ante tu peso, y deprimidas deciden no levantarse. La noche empieza a ser más fría, con más luz.
Por último, deslumbramiento.
Abres la puerta. Tus ojos se ciegan por la luz, y tus manos pesadas van a tu rostro para cubrirse. Ahora ves todo claro, justo cuando nada parece que este a tu favor. Ya no hay noche. El primer sol del amanecer se jacta de tu ridículo intento por ofuscarte y huír de la única realidad que este mundo te va a conceder. Las flores dormidas despiertan lentamente, y como en una pesadilla van cobrando unas formas estrambóticas y tétricas. Sin embargo, tu mente permanece inalterable. Tu cuerpo se ha parado, el viento ya no sopla contigo y el baile se ha detenido. Esa puerta ahora es el amanecer de un nuevo día, un nuevo reto en la realidad tan oscura que nos toca vivir hoy.
"Pero bueno, siempre nos quedaran esos momentos a la luz de la luna y con la música del viento..."
I.D.
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