Andas por la calle, con la mano en los bolsillos. Caminas despacio, pisando el barro sobre las piedras de esa céntrica calle, en el mismo corazón de la capital. Tu sombrero de ala ancha, agujereado más por las guerras que por las penurias de los años, decae levemente sobre tu lado derecho. Miras al suelo. Llevas puesta unas botas militares roídas, por ratones, por la vida.
Escuchas a los niños jugar bajo la incesante lluvia. Tu ropa hecha jirones te delata como soldado del Tercio.
Las calles están plagadas de soldados. Ves carruajes a tu lado pasar, y salpicar casi con desprecio a los plebeyos que como tú, levantaban una nobleza y un reinado estancado en la miseria.
Un carro se detiene a tu lado. El cochero, mete prisa a otro carro que ha tenido un percance con las ruedas. Te detienes, levantas la vista del suelo y miras la situación del carruaje majestuoso, con corceles blancos como la nieve, y un cochero enfurecido que parecía expulsar llamas en lugar de palabras. Extraña situación.
Sigues andando, cuando por instinto te detienes y te giras. Hay unos ojos en el interior del carruaje.
Unos malditos ojos oscuros, pero azulados. Una sonrisa endiabladamente hermosa y una mirada penetrante como cualquier estaca. La miras, te quitas el sombrero.
Le sonríes, leve inclinación de cabeza, movimiento semicircular del sombrero, y de nuevo a la cabeza.
Ella, se tapa con el abanico la mitad de la cara.
Pero sus ojos te siguen mirando. Le susurras palabras que se te ocurren, y que ella no va a oír.
Hablas solo, sin gesticular demasiado.
El carro se marcha veloz y su mirada continúa como la estela de una estrella fugaz.
Ves que cae un pañuelo rojo. Te acercas, lo recoges.
Hay algo escrito en él, con tinta.
Sonríes.
Ojalá pudieras saber quién es esa dama. Quién te ha robado el corazón, y una sonrisa.
Guardas el pañuelo, y decides seguir caminando.
El suelo ya no está tan embarrado. Ahora, no pisas sobre las piedras, si no sobre tus pensamientos.
Andas en ellos, respiras de ellos.
Una simple mirada.
Una simple sonrisa.
Y toda una vida para ella.
Sólo esperabas que al igual que tú, ella también estuviese pensando en ti.
Eres demasiado poco para ella. Ni un insecto.
"Te estaba esperando" decía la tinta.
"Te estaba esperando" decía su mirada.
Pero "no te quiero conmigo" decía su sonrisa.
Duele, quizás.
Duele...
I.D.
te sigo
ResponderEliminarprecioso, Espi :)